En los últimos tiempos, he podido asistir a dos eventos de muy diferente naturaleza pero en los que había un elemento común: la presencia de numerosas personas convocadas a una determinada hora.

En los dos casos he observado comportamientos que nos definen mucho como sociedad y que me obligan a hacerme algunas preguntas sobre determinadas necesidades de cambio y mejora que tenemos.

Exceso de ruido.

El primero de los eventos fue una boda que se celebraba en una catedral muy hermosa. La ceremonia estaba prevista a las 19.00 horas. Antes de la misma, en la catedral se celebraba una Eucaristía a la que asistían numerosas personas. Es verdad que fuera lloviznaba, lo que obligó a bastantes asistentes a la boda, que llegaron antes, a refugiarse dentro de la Catedral mientras la Misa se celebraba. Pues bien, no hubo manera de lograr que los que los que llegaban, refugiándose del agua, se mantuvieran en silencio por respeto a los que estaban asistiendo a la celebración de la Misa. Ésta terminó en medio de un notable murmullo que desde la parte de atrás de la Catedral inundaba la totalidad del recinto: una enorme falta de respeto.

Falta de puntualidad.

Días atrás, asistí como invitado a la presentación de una iniciativa interesante y novedosa dirigida a desempleados. El acto estaba convocado a las 09.00 horas. A las 09.00 horas escasamente estábamos en la sala 15 personas. A las 09.10 el aforo creció hasta las 40 personas y, finalmente, a las 09.20 horas en que el evento comenzó había en la sala cerca de 200 personas. Una vez más, era imposible conseguir que un acto comenzara a la hora señalada. Me parece una falta de respeto por parte de los asistentes (la excusa podría ser que ese día llovía sobre Madrid, pero sospecho que aunque luciera un hermoso sol el resultado hubiera sido el mismo) y me parece una falta de rigor por parte de los organizadores el no comenzar a la hora prevista. Hemos generado una cultura en la que ese comportamiento se ha generalizado y ya casi es plenamente aceptado. Tenemos un escaso concepto de la puntualidad y me temo que eso refleja un escaso interés y respeto hacia los demás.

Preguntar.

Finalizada la presentación llegó el turno de preguntas. Pues bien, sigue habiendo personas que no han entendido lo que significa preguntar y convierten ese momento en su oportunidad y minuto de gloria. Se trata de preguntar y no de optar a ser el próximo conferenciante del evento. Pero veo que no hay manera de que esto se entienda. Y si, al menos, esas personas dijeran cosas inteligentes y útiles reconozco que sería más condescendiente, pero no hago otra cosa que escuchar, llegado el momento de las preguntas, chorradas mayestáticas en quien convierte ese turno en exhibición de su “saber”.

Me parece que son actitudes que tenemos muy arraigadas. La última quizás sea la más anecdótica. Pero sospecho que las dos primeras, el ruido (¿somos o no somos ruidosos?) y la falta de puntualidad, dicen mucho sobre nuestra forma de ser y actuar, y sobre un escaso respeto hacia los demás (quizás por eso nos cueste tanto trabajar en equipo).

Cambiar estos hábitos no es fácil. Yo estoy en ello, y creo que mejorando poco a poco.

Son comportamientos que hablan por nosotros y no precisamente bien.